Aire

old-man-daliEl viejo tenía 65 años y 12 de senectud. Había estado en el mismo lugar por lo menos 40 años. Una casa vieja y azul, que él mismo había construido. Su mujer, muerta ya hace algunos años por un infarto al corazón le hacía falta como nada. Su vida solitaria sólo era ornamentada por la presencia casual de sus hijos, que, como en toda familia antigua era bastante amplia. 11 hijos, de los cuales 2 habían muerto hacía algunos años. Uno de ellos bastante querido por todos y el otro, corría con la suerte de no ser extrañado.

Su vida ahora se reducía a una monotonía diaria, un estándar limitado por su humanidad y su cuerpo. Su mente, no tan ágil como antes, le hacía jugadas de vez en cuando, olvidando, recordando, e inclusive distorsionando o confundiendo pensamientos de historias ya olvidadas que formaban parte de su orgullo vital.

Una taza de avena en la mañana, en su silla favorita de la mesa, una mesa amplia de madera – para 11 hijos – y un día de pensamientos y soledad en una silla azul que se la hacía bastante cómoda. Una taza de café y tal vez el sonido de su emisora favorita en la radio de frecuencia AM lo acompañarían durante el día.

En la tarde, solía sentarse en la acera de la casa, a observar y vivir las miradas y contrastes de las personas que pasaban por el barrio; mujeres, niños, ancianos, parejas y una brisa, que si bien no estaba personificada, era un elemento natural que lo hacía sentir vivo. Sobre su piel dura y vieja como la piedra rozaba el aire incorpóreo que lo revitalizaba. Un aire que con solemnidad pueril regeneraba sus pensamientos y lo hacía sumamente feliz. Allí solía abalanzarse sobre la inconsciencia, con indiferencia al mundo, a la vida, sabiendo que, algún día sería parte de ese estado incorpóreo, esa brisa vital que esparcía la fragancia de los recuerdos.

Tenía una relación bastante íntima con la brisa. Al pasar los años, su cuerpo, ya bastante cansado, le costaba sostenerse. Al principio usó las paredes como soporte, pero al final, la brisa y él se sincronizaban de tal forma, que se sentía impulsado y hasta sostenido por ella.

El viejo no vivía sólo; con él convivían algunos de sus nietos más jóvenes, que hacían uso de la casa para sus estudios universitarios. Para ellos, el viejo simplemente no existía, lo ignoraban como si el mismo formase parte del paisaje, como un elemento físico más de alguna habitación. La señora que llegaba de lunes a viernes de 8 a 6 se hacía cargo de las necesidades del viejo.

A pesar de su avanzada edad y su sobre vivencia a varias enfermedades, el viejo se rehusaba a usar un bastón o andadera. Era un hombre de raza fuerte, que había trabajado duro toda su vida, y a pesar de los años, su orgullo – y humor – se mantenía firme e inamovible. Conservaba un pesado reloj de plata en su muñeca, del que le gustaba alardear y mostrar, y en los escasos momentos en los que podía conversar, solía contar lo que pensaba que eran las mejores hazañas de su vida, de su esposa o de sus hijos.

Solía recordar – y oír – el bullicio de risas y discusiones que, por muchos años invadieron la casa. Algunos de sus hijos, músicos, solían tocar y encender un momento de relajación y vehemente jovialidad. El viejo, aún con picardía y jocosidad bailaba haciendo reír a más de uno. Estos sonidos se mezclaban con el aire, contrastando de manera intensa con la soledad y con la casual y escasa compañía que ahora existía en la casa.

Un viernes el viejo desapareció. Los nietos, ocupados en sus labores académicas y laborales no lo notaron. “Es posible que esté durmiendo, siempre está algo cansado por su edad”, pensaron ambos y sin más se dedicaron a vivir su vida sin tomar en cuenta la ausencia – que siempre para ellos era así – de su existencia.

Pasaron dos días y el domingo llegaron los jóvenes a la casa. Cansados y dispuestos a tomar una siesta. Pero la casa no era la misma. Una brisa abismal y fría los impactó al abrir la puerta. Una brisa poco común, pues la casa había estado cerrada y además vivían en una zona bastante calurosa. La brisa no se detenía y de ella empezó a brotar un sonido agrio, sombrío y solemne. Varias notas, retardadas y lentas empezaban a vagar en el aire, como ondas en el vacío.

Y fue allí donde sintieron el olor.

Un hedor fuerte, impregnó la estancia. Parecía venir de la corriente de aire fría que aún no se detenía. Una brisa, que luchaba por salir de la casa, como escapando de la realidad. Pensaron lo peor, y se dirigieron hacia el cuarto final, luego del pasillo trasero. Luchando contra la corriente fría lograron llegar a la puerta del cuarto del viejo. Tocaron varias veces, sin respuesta alguna. Uno de ellos logró golpear la cerradura y darle varios empujones a la puerta, que se abalanzó hacia adelante.

Al abrirse la puerta, la música cesó, la brisa escapó completamente de la habitación y el hedor a muerte y putrefacción se intensificó fuertemente.

La habitación estaba oscura y los jóvenes dieron los primeros pasos hacia la estancia. La fetidez era insoportable y un frío invernal invadió sus cuerpos.

Allí estaba, con una felicidad en el rostro, completamente desnudo, con moscas y gusanos a medio trabajo de necrofagia sobre su cuerpo. Desvaneciéndose, como si el aire lo extrajera de la realidad y lo incluyera en el vacío, yacía el cadáver del viejo.

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Al parecer, estos hechos – el aire y la música – no fueron los únicos irracionales del asunto, pues, por varias horas, mientras se esparcía la noticia y se realizaban las acciones necesarias para sepultar el cuerpo, se escuchó a lo lejos, el ruido apagado, agudo y vibrante del llanto de un bebé.

El Mesías de las Máquinas

Machine Messiah

Y de repente, todos miraban hacia el cielo en el horizonte. Cada ojo vivo, biológico o mecánico dirigía su mirada hacia la figura titánica que se imponía ante a ellos. El casi extinto sol iluminaba con hilos invisibles sobre una de las pocas ciudades habitadas de la tierra, el casi extinto planeta. Habían logrado destruirla, y presos por el poder casi invencible de las máquinas, los humanos, creadores de su propio caos, sobrevivían a duras penas con los pocos dispositivos análogos que existían.

No todo el tiempo había sido así. Hubo un momento de la historia del hombre, en el que su sabiduría había llegado a límites vastos e inimaginables. Tecnología, informática, inteligencia artificial, automatismo. El legado de Turing y Minsky reinaba en la tierra de igual manera en que la naturaleza lo había formado. Grandes ciudades se alzaban en el horizonte, con edificios flotantes que devolvían la luz del sol con sus arquitecturas complejas, con ángulos y geometría pocos convencionales. Las computadoras, dueñas de casi todo el sistema político, eran ya una raza paralela al ser humano. Las máquinas eran capaces de emular una inteligencia tan eficaz, que era posible que las mismas, mediante complicados algoritmos neuronales y genéticos, pudiesen desarrollar nuevos seres, a su imagen y semejanza. Habían desafiado a sus creadores, a sus dioses, de la misma manera que el hombre lo había hecho.

Pero ahora, la tierra era un lugar desolado, frío y lóbrego. La atmósfera y el aire, que alguna vez sirvió de fuente de vida casi infinita para miles de seres, se encontraba fétido e ingrávido. Las máquinas, que no dependían de medios naturales establecían una jerarquía sobre sus creadores. Grandes máquinas inteligentes, oxidados circuitos y duras edificaciones eran capaces de auto abastecerse sin ayuda humana, eran ciudades vivas, llenas de la vida binaria que el hombre les había proporcionado.

Guerras mundiales habían devastado cada país habitado. Hegemonías tras hegemonías no dejaban ganador alguno. El dominado evolucionaba para ser dominador y una cadena de desgracias, de destrucción y devastación logró pervertir los ideales y valores que aún conservaba la raza que alguna vez, por siglos había dominado la tierra. La expresión humana, las emociones, habían quedado atrás, olvidadas, eternas en la desgracia producto del egoísmo y la misantropía, tan característicos del hombre pos moderno.

Cables que transportaban la vida de la ciudad abundaban en el paisaje, como hilos de diamante llevando luz y energía a cada rincón. La industria, la energía, las máquinas y el orbe tecnológico gobernaba como el gran hermano en cada rincón del mundo.

La exploración del espacio había convertido al ser humano en poco racional. El conocimiento prohibido del cosmos lo había llevado a la destrucción de sus únicos aliados universales. Satélites, naves, estaciones espaciales yacían en un cementerio estelar, ahora inalcanzable.

Seres del espacio, desconocidos habían venido en busca de refugio, de otros sistemas y galaxias ya extintos. Sin embargo, el hombre era celoso, y de naturaleza hegemónica; lo que había llevado a la esclavización y destrucción de nuevas razas extraterrestres.

La actitud egocéntrica del hombre, ahora creador de una nueva raza mecánica no tenía límites.

Sin embargo, todos veían al horizonte, todos dirigían su mirada de la gran metrópolis devastada al nuevo ser que había nacido en el paisaje. Las calles estaban repletas de personas que corrían a observar la llegada de esta nueva deidad. Todos se encontraban de pie en la misma dirección, en línea, con un único objetivo en sus miradas. Un ser único. Un gran sanador.

Sobre su cuerpo metálico sobresalía un único ojo, singular, extraño. Su mirada barría como fuego sobre los habitantes moribundos de la ciudad. Y las máquinas observaban mediante sus dispositivos visuales hacia la llegada de éste, el inesperado, el inefable, el controlador.

La esperanza se dibujaba en centenares de rostros que finalmente lo observaban, la posibilidad de cambiar, de olvidar las lecciones aprendidas y comenzar una nueva civilización única, utópica y perfecta.

Era gigante, y con cierta forma triangular. Los circuitos metálicos irradiaban una magnificencia electrónica compleja cubriendo el cielo imponiéndose a su paso. Su cuerpo mecánico era completamente negro, a excepción de su ojo rojo como el fuego. No se sabía de su creador, no se sabía de su origen.

De repente, la figura inalcanzable voló por los cielos grises sobre la ciudad, y de su cuerpo empezó a verter un sonido ruidoso, rústico, como un gran motor que empieza a ejecutarse. Una luz sideral empezó a surgir de su ojo único, desplazándose por cada rincón, por cada átomo.

Entonces, la luz fue uno con cada habitante.

Cuerpos humanos y mecánicos empezaron a flotar en el aire como si estuviesen siendo atraídos por una fuerza electromagnética  Su ojo estaba fijo en ellos, los hijos del polvo. La luz roja abrazó como fuego a toda la atmósfera. Nadie sintió miedo, nadie habló, nadie intentó huir. Reinaba un silencio sepulcral, casi absoluto.

Estaban presenciando el génesis de una nueva etapa de la historia cósmica. Cada alma estaba siendo abducida por él.. Estaba allí, flotando en el aire, presentándose como el primer, y tal vez el único, mesías de las máquinas.

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Nota: Este relato corto, está basado en la canción “Machine Messiah” de la banda de rock progresivo “Yes”. La canción fue publicada como primer track del disco “Drama” en 1980. No es uno de los discos más aclamados de Yes, pero si uno de los mejores (en mi opinión). Les dejo un video con la canción. Disfruten de esta obra maestra del rock progresivo.

El último hombre muerto

José Benlliure. La barca de Caronte (1919). Valencia, Museo de Bellas Artes

José Benlliure. La barca de Caronte (1919). Valencia, Museo de Bellas Artes

Cuando Caronte, el inmortal, remó hacia la orilla del Alqueronte no imaginó lo que iba a presenciar.

En su larga y eterna vida jamás había logrado entender el mundo de los mortales. Para él no existían días, ni noches, ni meses, ni años, ni siglos. La ilusión del tiempo era tan poco significante para él, que era capaz de olvidar, en ocasiones, su propia identidad.

Bastaba con remar a la orilla y examinar el número – cada vez mayor – de almas que allí se encontraban, cobrar el óvolo correspondiente, y empezar el último viaje, el largo y pervertido pase hacia las puertas negras y eternas del inframundo. Recorrería el río de las aflicciones, o tal vez el Estigia, el vasto río del odio, lleno de las almas perdidas, condenadas a vagar por sus acciones, sin poder llegar jamás al fétido Hades, hogar de la muerte, la oscuridad y el olvido.

El oficio había proporcionado a Caronte de una notable sabiduría. Egoísmo, guerras, destrucción y muerte; ésas solían ser la referencias del perdido y viciado mundo de los vivos, los mortales, que eran incapaces de sobrevivir en conjunto. Cada cierto tiempo llegaban a las orillas del río un centenar de almas, producto de algún conflicto en el que los mortales, los imperfectos y débiles mortales habían perecido en cuerpo material. Era su trabajo guiarlas a través de uno de los cinco ríos del infierno, o vigilar su estancia atormentada durante los cien años que debían vagar en caso de no cumplir con el tributo.

Pero esta vez, la orilla estaba vacía, completamente vacía. Caronte regresaba de un viaje que había compartido con un único hombre. Un hombre extremadamente viejo, de cara arrugada y maltratada. Este hombre, a diferencia de numerosas almas que vagaban por el río, era sumamente silencioso. Sus ojos reflejaban el deseo y una felicidad inexplicable. Este hombre no habló. No hizo preguntas. Simplemente se dejó llevar, sin siquiera mirar a las aguas profundas y fétidas del olvido infernal. Tampoco pronunció palabra alguna al desembarcar en el Tártaro, el mundo de las tinieblas.

Caronte pudo verlo, con sus eternos ojos, cansados y pesados, mientras se adentraba en la oscuridad infinita hacia las tierras del la muerte y el olvido. Caronte desembarcó en la orilla y bajó del bote. Se detuvo y miró hacia donde, infinitas veces había visto el cúmulo de almas desesperadas que venían en busca de refugio. Caronte sonrió, por primera vez en eternos años, flexionó los antiguos músculos de su cara, por primera vez desde que las deidades superiores lo condenaran al oficio. Se sentó en la barca y sintió la sensación casi olvidada del descanso. Sabía que el hombre que acabada de cruzar el río de la pena, el hombre silencioso y extremadamente viejo, el hombre que tal vez era el sobreviviente de una vasta y eterna guerra, era el último hombre muerto.

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Nota: Tal vez muchos lectores noten que la historia es en su totalidad, casi idéntica al relato “Caronte” de Lord Dunsany. Debo decir, que aunque parezca increíble, es mera casualidad. Se me ocurrió la idea, y al investigar en la web sobre el personaje, me encontré con el relato (que por cierto, es excelente) del ya citado autor. Decidí entonces publicar el relato (aunque parezca paráfrasis) y de esa manera rendir tributo al relato que menciono. Acá, el relato corto de Dunsany.

El celador de muertos

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La pala golpeó una vez más el duro y húmedo suelo, y una gota de sudor bajó por la frente de José. Era cerca de las diez de la noche y allí se encontraba él, como en alguna otra ocasión, preparando la sepultura para el cadáver que sería enterrado el día siguiente. 

Si. José era uno de los celadores del cementerio del pueblo y era su trabajo preparar el terreno por cada muerte que ocurría, lo que para ciertas personas era un trabajo arduo y difícil. Sin embargo, para él, era una tarea más de las que realizar, aparte de la vigilancia, del cuidado que por más de 30 años le había dado a la necrópolis que él mismo prácticamente habitaba.

José había visto el cadáver de un centenar de personas, incluso algunas conocidas por él, y esto había generado en él una cierta insensibilidad o una visión atípica – necesaria para el trabajo – hacia la muerte. El mismo había preparado la sepultura para su padre, había cavado en la tierra con sus manos como esa noche, había acondicionado el terreno, y se había encargado de que la compañía funeraria hiciera lo correspondiente para el reposo del cadáver. Conocía el lugar exacto de cada cadáver en el cementerio y estaba seguro de que podría recorrerlo casi a ciegas.

Por extraño que parezca José era un hombre que amaba su trabajo, tal vez era costumbre o resignación, pero le gustaba la idea de ser él quien le diera el lugar adecuado donde los cuerpos sin vida irían a reposar a su sueño eterno. Creía entender al inmortal Caronte, llevando las almas a través del Estigia hacia el inframundo. Sentía que la muerte era para él, una extraña y vieja amiga.

Algunos cadáveres llegaban frescos y cuidados, algunos estaban casi descompuestos y maltratados; el olor a formaldehído se había convertido en una fragancia común en su olfato. Le gustaba considerar su trabajo como un apoyo a la vida, pues para él, la muerte era además un camino, una nueva vida, y él “el celador de muertos”, como solían llamarle, había presenciado el comienzo de una nueva vida para muchos.

José era un hombre bastante mayor y en su larga experiencia, había pasado por muchísimos sucesos atípicos del trabajo, siendo uno de los más considerables, el entierro de un niño vivo. Según información de los habitantes del pueblo, el niño había sido diagnosticado con parálisis corporal, y a los pocos días de estar interno en el hospital había sido declarada su muerte. La familia estaba destrozada, siendo éste su primer hijo y muerto a la edad de 5 años. José preparó y acondicionó el terreno y al día siguiente, como cada vez, presenció el funeral. Llantos y gritos, palabras y sollozos; José estaba tristemente acostumbrado a ello y aunque ya en ese entonces llevaba unos pocos años en el oficio, fue bastante impactante para él, era la persona más joven que le había tocado sepultar. El niño estaba muerto, o eso parecía, allí estaba, inerte y pesado, como todos los cadáveres que había visto. Su piel estaba considerablemente pálida y al examinarlo detalladamente, se dio cuenta de que no había respuesta a estímulos visuales o táctiles. Un niño muerto, sin más ni menos. El olor a formaldehído aún se encontraba allí, José podía percibirlo aún, y más tarde, procedió a verter el cemento y la tierra sobre el ataúd pequeño. Pero fue allí donde José escuchó el fuerte golpeteo de la madera, el ataúd resonaba como el sonido de varios tambores. Un ruido seco y desesperado. José volteó su mirada al ataúd asustado y lleno de horror; pensó que el cansancio y la impresión habrían causado efecto en él, tal vez el fuerte ron que ingería para influir el insomnio le estaba haciendo una mala jugada. Fue allí donde escuchó el sonido de un grito casi ahogado, el grito de un niño desesperado. José rápidamente retiró el cemento fresco que aún estaba sobre la tumba y procedió a golpear la urna del muchacho con la pala de hierro que tenía en sus manos. Al destrozar la tapa del ataúd se encontró con que el cadáver, el mismo cadáver que acaba de ver, el niño muerto pálido e inerte que acaba de enterrar se encontraba con los ojos abiertos y con la respiración agitada.

Poco después se enteró que el niño habría sufrido un trastorno poco común conocido como catalepsia. Al parecer el niño había sufrido desde pequeño ciertas crisis epilépticas, enfermedad que avanzaría hasta llegar a tal grado de inmovilidad. “Una muerte relativa” pensó José, pero nada más. Desde ese momento tomó la costumbre – y se aseguró de que éste fuese un reglamento – de revisar el cadáver antes de su entierro definitivo. No presenció un caso similar, pero a José no le gustaba arriesgarse.

Pero este día, se encontraba preparando la sepultura para alguien que no conocía, y pese a las experiencias pasadas, se encontraba completamente indiferente – como tantas otras veces – al origen del cadáver. Sólo tenía que asegurarse que el hueco fuese lo suficientemente hondo para el ataúd, con ciertos metros reglamentarios y podría irse a su casa cerca del cementerio a descansar luego de un largo día de trabajo.

La pala siguió cayendo sobre la tierra húmeda por media hora más, generando un ruido sordo en el cementerio en ciertos períodos de tiempo. Al finalizar José decidió que el trabajo estaba finalizado y se dispuso a guardar las herramientas para irse. Llegó a su casa, cansado como nunca antes. Pensó que posiblemente ya estaba algo viejo para el oficio, sus piernas estaban cansadas y su cabello estaba casi por completo canoso. Recostó la cabeza sobre la almohada y cayó en un sueño largo y profundo, un letargo bastante intenso como nunca antes había sentido.

Abrió los ojos de repente. El cansancio había desaparecido y rápidamente se puso de pie. No tenía idea de cuantas horas había dormido, y al mirar a la ventana de pared se dio cuenta que era de noche. Se preocupó. En toda su experiencia jamás había cometido error igual, se había perdido el funeral y debía rendir cuentas a la compañía encargada. Se vistió y salió casi al trote en dirección al cementerio. Estaba oscuro y un aire frío reinaba en el ambiente, eran aproximadamente las 7 de la noche y el ataúd debía estar aún allí, sin sepultura, y sin nadie encargado.

Cruzó la reja del cementerio y se dirigió hacia el lugar donde había estado el día anterior. Pero algo inesperado le sorprendió. Un hombre ya estaba allí; pudo verlo a lo lejos en el lugar exacto donde se encontraba la sepultura que él mismo había preparado. Tal vez era un ladrón, buscando algún cadáver para algún rito religioso. José le gritó, pero éste no pareció escucharle, se acercó aún más y repitió el grito, con el mismo resultado. En el cementerio reinaba un silencio pulcro, casi absoluto. José se acercó y extendió el brazo hacia el invasor, e intentó con sus manos arrugadas y llenas de cicatrices tocar al muchacho que se encontraba en su lugar. El movimiento fue en vano. Al recorrer la mano sobre el hombro del muchacho, ésta efectivamente se posó encima, pero José no sintió nada en ella. Por una fracción de segundo pensó que el muchacho giraría su cabeza, pero no fue así. El joven se encontraba, efectivamente realizando su trabajo. Estaba preparando el cemento y la arena que vertería sobre el ataúd, para luego, a los pocos días lapidarla. Trabajaba arduamente, y por un momento el muchacho dirigió su mirada en la posición exacta de José, pero al parecer éste no lo vio, lo ignoró por completo, como si éste no existiese. El muchacho siguió preparando la mezcla hasta finalizarla. Y justo antes del momento en que quedaría sepultado el cuerpo, cuando el cadáver del ser que se encontraba muerto en el ataúd quedara despedido de la superficie terrestre para emprender su viaje hacia el inframundo, el joven realizó lo que José mas temía.

Se dirigió hacia el ataúd, con pasos pesados sobre la tierra húmeda. José se acercó a la tumba y llegó a él, el conocido olor a formaldehído y a muerte que tantos días de su vida había percibido. La puerta del ataúd hizo un leve crujido cuando el muchacho la levantó. Entonces ambos celadores contemplaron ante sí el cuerpo que se encontraba en la urna. Un hombre viejo, bastante arrugado, de unos 70 años de edad reposaba en el ataúd. Tenía el cabello cano y la piel blanca, una barba gris cubría su rostro y sus ojos estaban cerrados. El cadáver reposaba con una paz profunda, casi podría pensarse que se encontraba profundamente dormido. Entonces José pudo entender lo que ocurría, necesitó todos sus años de experiencia para darse cuenta de que lo que tenía ante sí era la imagen sin vida, de su propio cadáver.

Ángeles Fatales

“No está muerto lo que puede yacer eternamente;
y con el paso de los extraños eones,
incluso la Muerte puede morir.”
H.P Lovecraft

Las había visto un par de veces. La primera de ellas, me encontraba deambulando por los vagones del metro, sin rumbo, totalmente desorientado, como si acabase de despertar de algún sueño profundo. Era uno de esos días de humedad sin lluvia, esos días de oscuridad donde se respira un frío lacerante. Yo estaba simplemente allí, de pie, viendo pasar estación por estación sin saber donde llegar, o donde ir. Al fondo del vagón las había visto, inmóviles, a pesar del tambaleo del tren, con la mirada fija, y con cierta sonrisa pálida en el rostro; era ese tipo de sonrisa sin emoción, vacía, oxidada. Ambas vestían de negro y tenían el cabello sumamente largo, cualquiera diría que eran hermanas o que existía algún tipo de parentesco cercano. Las miré por un momento, y al escuchar el chillido agudo al frenar el tren, desaparecieron entre la multitud sin dejar rastro alguno. Las busqué en la estación, pero se habían desvanecido; me culpé, pues para mí era posible que el parpadeo de mis ojos fuera el culpable de su extravío. Respiré por un instante y salí del vagón hacia la estación.

La estación estaba apenas iluminada por las lámparas que guindaban del techo, era una estación gris, sucia y llena de publicidad. . Simplemente me quedé mirando al mar de gente caminando y subiendo las escaleras, buscando las siluetas negras que acababa de ver, todavía confundido por la situación. Al final de la estación se escuchó un grito y un cúmulo de personas se amontonaron en la entrada del tren de la línea contigua. Me acerqué rápidamente y vi el horror en las caras de las personas, señalando hacia lo que parecía una masa amorfa de color piel esparcidas en las vías del vagón, cubierta con cierta sustancia roja oscura. El suicido estaba implícito.

La segunda vez que las observé pude detallarlas aún más. Estaban en la esquina de uno de los callejones más peligrosos del barrio donde vivo. Yo estaba sentado en el balcón de mi sucio y desordenado apartamento y era de noche. Una taza de té acompañaba mi noche de insomnio, y al acercar mi mirada hacia la calle iluminada por la luz mortecina del farol, contemplé dos figuras altas y negras. Esta vez me miraban fijamente a los ojos, y pude ver que tenían la tez extremadamente blanca. Una de ellas le murmuraba algo a la otra, moviendo los labios sumamente rápido, y sin más, al cabo de unos minutos se adentraron en la negrura del callejón, de donde no volvieron más. Debo admitir que su aparición de alguna manera me generaba cierto tipo de horror, me costaba conciliar el sueño, pues en mi mente se dibujaban sus figuras lúgubres y sus miradas como cuchillos en mis ojos.

A primeras horas de la mañana me acerqué al balcón y noté que se encontraba la policía de la ciudad. Dos uniformados llevaban en una camilla, un cuerpo de un hombre joven, totalmente cubierto de sangre. Algún incidente provocado por un delincuente pensé, como cada noche. Sentí la fría brisa matutina golpear mi cara, y sentí en el aire un frío olor a muerte que me llegó hasta los huesos.

Dejaron de aparecer por un tiempo, unas dos semanas aproximadamente, de cierta manera esto me tranquilizaba un poco; tal vez el cansancio jugaba con mi mente, generando ilusiones que representaban mis miedos o aflicciones. Pero ese día fue diferente. Llovía de nuevo y yo caminaba bajo las frías y pesadas gotas de agua que se deslizaban en mi entorno. Era una sensación agradable, pues la lluvia siempre la he asociado con renovación, con vida. Crucé en la esquina de la avenida principal y aparecieron a no más de 3 metros de distancia, de pie frente a mí. Me consumió el horror y me quedé inmóvil. Ellas sólo me observaban de manera fija, sin pronunciar palabra alguna, de hecho era difícil para mi imaginar las voces de esos dos seres que me fulminaban con una mirada casi visceral. Después de lo que pareció una eternidad empecé a caminar en dirección opuesta y mi inconsciente sentía que se acercaban más, en mi mente podía oír el ruido sordo de sus pasos sobre el suelo frío y mojado, pero al voltear mi cabeza, sólo vi la calle gris que se extendía con una perspectiva casi perfecta, casi infinita. El sonido que escuché a continuación es una de las pocas cosas que me es casi imposible describir, jamás mis sentidos me habían inducido a un estado tal de temor y horror, al borde de la locura y la inconsciencia. Un sonido que penetró cada célula de mi piel y que permaneció en mi mente durante los siguientes días. Una carcajada, de la más horrible que pudiese describir, aguda y repetitiva, y con esa sensación de demencia interna, de locura asociada con lo desconocido. Sentí como mi piel se transformaba. Empecé a correr hasta llegar a mi apartamento, y me senté durante horas tratando de asimilar lo ocurrido. Es para mi imposible determinar la sensación que experimenté en ese instante, pues si bien estaba bastante cerca del miedo, no sabría describir la emoción correcta para representar tal horror. Lo más increíble, es que a pesar de esto, no podía negarse, bajo ningún pretexto, que ambas mujeres eran hermosas. Pero esta belleza se veía eclipsada por el ambiente oscuro y fétido que ambas figuras irradiaban.

La siguiente semana representó para mí, un paroxismo del terror inducido por el miedo. Estaba completamente paranoico e histérico. No podía dormir, ni caminar, sin pensar en sus frías miradas, en sus ojos negros como la noche y por sobre todo en el sonido de su carcajada demoníaca. Pasaba horas enteras horrorizado, viendo sobre mi espalda y al borde de la demencia. El olor a muerte estaba siempre presente en mi olfato, tal vez era psicológico, pero sentía como poco a poco mi cuerpo se llenaba de dolor, no sentía apetito, duré varios días sin comer,y pude comprobar en un espejo, la imagen demacrada que poseía en ese entonces mi mirada.

Esa noche caminaba por la calle, estaba oscuro y llovía fuertemente. Regresaba a mi casa, caminando de forma apresurada, y volteando mi mirada en un intervalo de tiempo cada vez menor. Las pesadas gotas de agua empapaban mi cuerpo, y el tranquilo sonido de la lluvia llenaba mis oídos. Crucé el callejón antes de llegar al edificio donde vivía, la calle estaba sola, a excepción de uno o dos borrachos que dormían bajo la lluvia. Abrí la puerta y me dispuse a subir las escaleras hasta mi piso. Entré a mi habitación y me acosté, aliviado de haber llegado a un lugar seguro en donde descansar. Pasaron minutos, horas, para mí pudieron haber sido días y no lo notaría,en las que pasé flotando en las finas manos de Morfeo.

Música llegó a mis oídos y desperté inmediatamente. Escuchaba una música suave, y bastante lenta. El piano ejecutaba una pieza lenta al ritmo de un 3/4, con ciertas disonancias que producían en mí, cierta cacofonía. Algún vecino debería estar haciendo una mala jugada, intenté levantarme, mi cuerpo se encontraba pesado, y lleno de dolor. Me incorporé en la habitación y abrí los ojos.

El miedo me invadió, y ahogué un grito en mis manos. Ellas estaban allí, mirándome, fulminándome con sus ojos oscuros y fríos. Sentí en mi piel una pestilencia a muerte. No sabía por qué, pero presentía lo que iba a ocurrir. Se acercaron a mí, mas cerca que nunca, y me respiración se aceleró. El silencio reinó en la habitación, la música cesó. Se acercaron aún más. Sentí como el dolor que previamente me invadía, poco a poco desaparecía y se desvanecía de mis sensaciones. El olor era insoportable, mi cuerpo estaba inmóvil. Una de ellas dio un paso más hacia mí, y poco a poco, con la dulzura de una madre, me besó en la mejilla. Sentí sus labios fríos tocar mi piel, y en ese momento el dolor desapareció poco a poco de mi cuerpo, podía sentir como cada poro de mi piel descansaba y se llenaban de aire; en ese momento llegaron a mi mente imágenes. Imágenes de un niño, de cabello negro y ojos marrones, sentado en un rincón de un cuarto tenuemente iluminado. El niño estaba escondido, pues se escuchaban los gritos de dos personas, un hombre y una mujer que discutían. Luego apareció un joven, de unos 16 años, en el mismo cuarto desordenado, con los ojos rojos y llenos de lágrimas, pero lo que más destacaba en la escena era el cuerpo que se encontraba en el suelo. Sobre un charco de sangre oscura yacía una mujer, de mediana edad, con los ojos abiertos y con marcas alrededor de su cuello. El muchacho llevó sus manos a su cara y despareció. Ahora estaba de nuevo en mi habitación, ellas seguían allí, y sentí en mi otra mejilla, el contacto de los fríos y suaves labios de la otra mujer. Mi cuerpo cayó en un vacío infinito, y un nuevo entorno apareció ante mí. Esta vez me encontraba en un hospital, lleno de personas vestidas de blanco, ajetreadas y corriendo de una dirección a otra. En el medio de la sala una mujer gritaba de dolor y una mujer aún más vieja la tomaba de las manos. La mujer estaba desnuda, y sus piernas estaban llenas de sangre, mis oídos no soportaban el ruido de los gritos agudos que llenaban la habitación. Al parpadear me encontré entonces en un cuarto iluminado, limpio y silencioso. En él un muchacho de unos 20 años besaba a una mujer joven de su misma edad. Ambos sonreían e irradiaban una sensación de paz profunda.

Sentí entonces un frío húmedo, que invadía mi cuerpo, flotaba en una negrura infinita que llenaba mis pensamientos, me sentía disperso. Mi mirada se nubló y sentí como mi corazón latía apresuradamente, y de un momento a otro; dejé de respirar .
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El cuerpo de Manuel García fue encontrado 3 días después de su muerte en una habitación del edificio donde habitaba. Los vecinos habían sentido el olor putrefacto del cadáver y habían informado a las autoridades. El joven se encontraba flotando por la soga que colgaba de su cuello. Al parecer se había suicidado. No se vio ninguna persona entrar o salir del apartamento antes o después del incidente, salvo él mismo. Las cámaras de seguridad del edificio lo certificaban. A pesar de ello sólo una mujer vieja y algo nerviosa, de unos 80 años, residente del mismo edificio había informado de la presencia de dos mujeres vestidas de negro que acompañaban al joven. El cadáver de la señora, fue encontrado antes de que ésta pudiera dar alguna declaración.

Este relato, está basado en la canción y el video de CocoRosie, “Gallows”, acá les dejo el video y la letra.  Espero lo disfruten tanto como yo.

It was just before the moon hung
Her weary heavy head in
The gallows and the graves of
The milky milky cradle
His tears have turned to poppies
A shimmer in the midnight
A flower in the twilight
A flower in the twilight

And our screaming
Is in his screaming
Our screaming in the willow

They took him to the gallows
He fought them all the way though
And when they asked us how we knew his name
We died just before him
Our eyes are in the flowers
Our hands are in the branches
Our voices in the breezes

And our screaming
Is in his screaming
Our screaming in the willow tree

We’re waiting by the willow
Our milky milky cradle
Our lockets long have rusted
His picture worn and weathered
Our hair is in the garden
The roses in our toeses
Our heart are in the blossoms
Our eyes are in the branches

And our screaming
Is in his screaming
Our screaming in the willow tree

Alex_Grey-The_Soul_Finds_It

El Vendedor de Espejos

El hombre viejo vendía espejos. Era un tanto extraño, ver a un hombre de una edad tan avanzada en esa esquina lúgubre, con cierto aire de felicidad en su rostro. Nunca ví a nadie acercársele, las personas caminaban sin siquiera desviar la mirada, como si el hombre no existiese. De alguna manera formaba ya parte del paisaje.

A su lado tenía varios espejos a la vista, de varios tamaños, reflejando en ocasiones a las personas que caminaban a su lado, absortos en su mente sin dirigir su mirada a ningún lado, o la lluvia en algunos días fríos de ciudad donde se cruzaban varios hilos de luz entre las gotas brillantes de agua. Era habitual que yo pasara por ese lugar, no por gusto, sino por obligación, pues mi trabajo me lo exigía. No entendía que hacía ese hombre allí, nadie suele comprar espejos en la calle, y al parecer no lo hacían, pues la cantidad de espejos era siempre la misma.

Sentí una obligación de documentar mi experiencia cercana con aquel hombre, pues ni siquiera estoy seguro de su naturaleza, no sé si es humano, o es cosmos. Los sucesos ocurridos el día 7 de abril del 2011 no se van de mi mente, están impregnados en mi mundo onírico, en mis ideas y en todos los niveles de mi abstracción mental. No hay lugar para escepticismos ni para mentes obstruidas, pues he visitado dimensiones que van más allá de lo físico, he experimentado y sentido el reflejo etéreo a través de una fría y dura superficie de cristal.

Estaba lloviendo. Siempre me ha gustado caminar bajo la lluvia, siento una especie de libertad, al estar sólo, sintiendo como poco a poco mis ropas se humedecen, sintiéndo como el agua de alguna manera me da vida. Eran aproximadamente las 6 de la tarde. Allí estaba, en esa esquina oscura, como de costumbre un hombre de estatura pequeña, extremadamente viejo, y vestido con lo que parecía harapos que algún día habían sido un traje elegante; a su lado, media docena de espejos, brillantes, donde caían gotas de lluvia, que se deslizaban por una superficie de cristal. Tenían marcos excesivamente ornamentados, algunos dorados, pero todos extremadamente viejos. El hombre me estaba mirando fijamente, y poco a poco en su cara, se dibujó una sonrisa. Me acerqué a él y lo detallé más detenidamente. Su piel era muy arrugada, asemejándose a la textura de una piedra, su cabello cano estaba cubierto por un sombrero pequeño, y sus ojos eran de un azul eléctrico, cubiertos por párpados pesados.

- ¿Qué precio tienen? – pregunté señalando al grupo de espejos.

El viejo se limitó a observarme, sin pronunciar ni una palabra, con una sonrisa dibujada en su cara arrugada. Miré alrededor y la calle estaba vacía, posiblemente por la hora, la mayoría de la gente tenía una idea paranoica en su cabeza del peligro a causa de los delincuentes de la ciudad. Me situé al frente del espejo más grande, y vi un hombre flaco, vestido con una camisa negra, y sobre ésta una chaqueta, totalmente empapadas de agua. Vi mi rostro, bastante liso en comparación a la del viejo, y me vi a los ojos, azules, tan azules como los del viejo, y en ese preciso momento, sentí que había establecido una especie de contacto, y sentí un fuerte dolor de cabeza. Escuché una voz a mi lado, una voz insondable y fatigada, muy díficil de entender.

- Eres afortunado – pronunció lentamente su profunda voz.

En ese preciso momento el cristal empezó a derretirse, podía ver como su superficie, pasaba del estado sólido al líquido, y en su reflejo había desaparecido aquel hombre de ojos azules y mirada vacía; en su lugar, estaba una mujer, de impecable y extrema belleza, de cabello negro largo que le llegaba hasta las caderas, tenía unos ojos de color verde y una boca pequeña. Estaba completamente desnuda, y sin embargo, su belleza era tal, que irradiaba alguna especie de luz, un sentimiento de felicidad, de calma, de vida. Su mirada se convertía en música, una música suave, repetitiva y hermosa. Caminé hacia ella, sentía que era conocida para mí, no sabía de donde venían tantos pensamientos y sensaciones cruzadas. Poco a poco crucé la fina superficie del cristal, estaba caliente, y sentía como si millones de átomos y células aprisionaran mi cuerpo, que poco a poco se desvanecía en la oscuridad.

Me encontré en una especie de vacío, lleno de estrellas y luces verdes y rojas. El espacio estaba lleno de formas geométricas tridimensionales flotando, en su mayoría prismas, que de alguna extraña manera se desplazaban en el aire, como si estuviesen vivas. No existía un suelo, y eso hacía que mi sentido de dirección se distorsionara. Era un lugar hermoso. Y ella, simplemente estaba allí, mirándome, como si todo tuviese sentido.

Levantó sus manos, y de ellas surgieron dos haces de luz. Una especie de energía brotaba de todo su cuerpo, y me rodeaba. Formaron en el aire una especie de cristal, un diamante con una dualidad de colores. Ella sonreía y me miraba, con una mirada capaz de penetrar mis pensamientos. El espacio etéreo a mi alrededor empezó a girar. El diamante flotante se dividió en dos, de colores verde y rojo, y me rodeaban mientras yo flotaba en el aire. Yo estaba desnudo, y estaba cada vez más cerca de ella, me abrazó y sentí su suave piel hacer contacto con la mía, de una manera tal, que sentía que de alguna manera no había distinción entre ambas. Era una sensación única. Todo giraba, formando un torrente de luces en todo el entorno, hasta que de alguna manera hubo una explosión. Y todo el espacio fue devorado por la oscuridad. Sólo sentía su suave piel y la energía que me transmitía y que nacía de nuestra unión. El negro vacío a mis pies empezó a tomar forma, hasta que sentí que estaba en tierra firme, sentí que podía diferenciar arriba de abajo, y a mi alrededor, empezó a surgir vida del suelo, eran árboles. Rodeados de esos haces luz, que construían naturaleza a su paso. Todo esto cambió, y sentí como mi respiración se iba, mi mirada se llenó de un color azul y sentía un olor frío en mi piel, sentía una suavidad inigualable en mis ojos, estaba ahogándome en agua, pero sentía un torrente de vida formándose a mi alrededor. Simetría, vida, presencié como toda esa energía incontenible se desplegaba sobre todo el cosmos, generando organismos y naturaleza. Estaba aquí y allá, mi cuerpo experimentaba un viaje cósmico, que iba más allá de algun espacio físico. Ella había desaparecido.

En ese preciso momento pude ver el cielo, nubes formándose y estrellas recorriendo toda esa cúpula negra que caía sobre mí. Peces, o eso parecía, flotaban en el aire. Paz, se respiraba una calma insondable, sentía como se renovaba el aurora de cada una de mis células, y mi mente se sentía mucho más allá del umbral de la locura y la razón. Espejos, vi como poco a poco me rodeaba de espejos, eran los mismos espejos que había visto en otro plano de la realidad, tan lejano ahora. En ellos pude ver mi reflejo, repetido a mi alrededor como si estuviese viendo a través un caleidoscopio. El hombre que estaba en la superficie de cristal, no era yo. Era un hombre mucho mayor, con una piel extremadamente arrugada, pero con mis ojos, azules, de un azul completamentea eléctrico. El reflejo me sonreía, y sus ojos, mis ojos, me miraban directamente. Todo se desvaneció y se sumergió en una completa negrura.

Me encontraba de nuevo en la ciudad, y aún estaba lloviendo. Mi mente poco a poco se habituó al paisaje gris a mi alrededor. No sabía que había pasado, pero me sentía de alguna manera lleno de una paz infinita. Pasaron aproximadamente 15 minutos mientas mi mente asimilaba lo ocurrido. Voltée mi mirada, en busca del vendedor de espejos, pero fue en vano. La calle estaba completamente vacía.

Al día siguiente tampoco estaba allí. Pensé que quizá el hombre había ido a otro lugar o simplemente no estaba trabajando ese día. Pasaron varios días y el hombre seguía sin aparecer. Pregunté en los locales alrededor si conocían su paradero, y a pesar de mi insistencia todos me daban la misma respuesta: que no sabían de qué hombre hablaba. Al parecer nadie le conocía, ni le habían visto, como si nunca fuese existido.

Nunca más lo volví a ver.

Las imágenes nunca se borraron de mi mente, todavía sueño cada noche con la experiencia, y en ciertas ocasiones, cuando siento que la brisa me rodea, siento que ella me abraza. Sé que de alguna manera, fui partícipe, y que presencié de manera única el nacimiento de lo que solemos llamar universo.

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Andrés vuelve a ser devorado por la inconsciencia..

Alguien que conozco, decidió escribir estas líneas como continuación del relato de la entrada anterior, espero que como yo, disfruten del texto:

Andrés Hernández tiene veintitrés años y padece de epilepsia. Hoy, 23 de julio del 2019, siendo las 3:01 am, Andrés acaba de de despertar de un episodio de convulsiones epilépticas que lo han dejado, como siempre, adolorido y sin memoria. Flotando en un oscuro mar de dolor, Andrés comienza, lentamente, el camino de regreso a la consciencia. Por el reloj digital de su muñeca puede ver la hora. Con una dificultad pesarosa y agobiante logra enderezarse y alzarse del duro suelo en el que ha yacido por quien sabe cuántas horas. Los músculos agarrotados, los huesos que le penetran la carne hacen de esta maniobra un tormento lacerante. Andrés vuelve al suelo y la oscuridad vuelve a engullirlo, pero esta vez, su noche está poblada de estrellas. Andrés está reclinado en su sofá preferido en la azotea de su edificio y las contempla. A su lado, una taza de té, ya frio, y arriba, la bóveda negrísima del cielo salpicado con miles de estrellas. Andrés, no sabe por qué pero reconoce a muchas de ellas; allí están Alnitak, Alnilam y Miltaka, las estrellas que forman el cinturón de Orión; más allá están el can mayor y el can menor persiguiendo a Tauro…la Auriga, formada por Capella y Alnath, Aldebarán… Andrés siente que los ojos que miran las estrellas y el cerebro que conoce sus formas no guardan relación alguna con él. Desesperado, intenta despertarse. El dolor y la amnesia van levantándose de su cuerpo como una nube negra. Andrés se despierta, abre los ojos y ve, otra vez en el reloj digital de su muñeca que son las diez de la mañana. Con gran esfuerzo se alza del duro suelo donde ha yacido por incontables horas y se dirige al baño. Enciende la luz y se mira al espejo para buscar las heridas y contusiones resultantes de la caída, pero en lugar de ver su acostumbrado rostro de ojos claros y cabello rojizo Andrés ve el rostro de una chica, tiene la cara llena de moretones y la mirada extraviada. El negro y largo cabello le cae como chorros por la cara. Andrés vuelve a ser devorado por la inconsciencia.

Autor: Mágaly Blasco